Llega el medio día. No es uno más. Quizás es uno de los más esperados del año para mí.

El ritual es el mismo desde hace cuatro años, allá por 2014 cuando empezaba en esto de las carreras de larga distancia sin saber hacia dónde me dirigía, impulsado por una desconocida fuerza hacia la búsqueda del mas allá, como Cristobal Colón buscando el mismo borde de la tierra para confirmar que esta no era plana.

Ronda me esperaba de nuevo como cada segundo viernes del mes de Mayo, aunque esta vez he estado a punto de perderme la fiesta. El destino me hizo esperar hasta el último momento, haciendo la maleta para ir a Ronda o a otro continente, pero finalmente las fuerzas del destino eligieron que debía estar otro año más visitando la ciudad soñada.

Por delante, un par de horas de viaje y el deseo de que fuese un gran fin de semana para todos mis amigos que estarían en los 101 km de Ronda.

En mi peregrinar hacia Ronda, pienso en las anteriores veces que he corrido allí.

Desde aquella incipiente aventura en solitario del 2014, pasando por la insípida carrera del año siguiente y la disfrutona del año pasado, este año afrontaba la carrera desde un ángulo diferente.

El tiempo era el objetivo, no porque quiera ganar algo, sino todo lo contrario, no quiero perder. No quiero perder la oportunidad de estar en Chamonix, de estar en verano con el trabajo bien hecho.

Desde hace meses, decidí que cada entrenamiento lo haría al máximo de intensidad (cuando así lo requería la sesión) como si no hubiese un mañana.

Dar un apretón de rosca más y rozar el límite en los entrenamientos.

No quiero perder. Quiero ganar. Quiero ganarme en UTMB.

He aprendido en este deporte que no hay magia, solo dedicación y esfuerzo. No hay secretos ni atajos. El camino está marcado y solo hay que saber seguirlo. No hay más. Esto del rendimiento deportivo es matemáticas, una ciencia exacta con el aliciente de variables incontroladas que hacen de cada carrera un resultado predecible en resultados positivos e impredecible en los negativos.

En esta ocasión, el resultado se decantó del lado positivo.

Comparativa de mis cuatro ediciones y su desarrollo. La experiencia lo es todo.

Habrán sido esos entrenamientos intensos o de haber llenado el vaso de la experiencia a niveles importantes, que la carrera se decantó por el lado deseable.

Llegaba a Ronda con un rutómetro a seguir que marcaba llegar a Ronda antes de que sonaran las campanas de la Iglesia de la Merced, junto a la Alameda, marcando las 11 de la noche. Eso suponía hacer un tiempo inferior a 12 horas del recorrido (ritmos ya establecidos hace un año justo tras acabar la carrera)

Campanario que decidiría la consecución del objetivo este año.

Este año, al igual que el año pasado, habría dueto para asaltar la marca. Si el año pasado el papel de escudero y caballero fue alternándose durante la carrera con mi compañero Belu, este año la aventura estuvo acompañada de Javi, nuestra gacela humana, que le auguraba un gran tiempo en su primera ultra.

Antes de partir, disfrutando desde el estadio los momentos previos a colocarse en el corralito

Las emociones y sensaciones que desprende esta carrera son inigualables: recogida de dorsales, cena de la pasta, entrada al estadio, salves al rey, recorrido por calle la Bola… el destino quiso que pudiera disfrutar otro año más de esos momentos únicos.

La alameda engalanada para la ocasión

Inevitable pararse a contemplar zona Bandolera desde el mirador del Tajo y recordar cada momento vivido este año.

La carrera transcurría según el plan,  hasta que  pasamos Arriate donde a mi compañero de batalla le saltaron problemas musculares.

Le costaba subir la cuesta de los cochinos. Yo le decía que no me siguiera, que mantuviera las distancias que estas carreras son muy largas. Tan tozudo como gran persona, me seguía la estela y tras pasar el Cortijo del Polear saltó la alarma.

En estos casos normalmente (yo y cualquiera de mi gente de los bichos) nos quedamos para ayudar al compañero y no abandonarle, pero tal y como le había dicho en la salida, esto es una vida entera concentrada en pocas horas, y cada uno debe vivirla a su manera.

Pactamos que había que seguir el plan, si uno se quedaba atrás, ya habría momento de encontrarnos más adelante.

Y así paso, que tras dejarle atrás y estar pensando en él durante los siguientes 20 kilómetros, me lo crucé justo cuando yo abandonaba Setenil, a escasos 5′ de diferencia. Pensé que me alcanzaría antes de llegar al cuartel, pero finalmente no pdo y llego a Ronda cunpliendo también el objetivo, unos minutos detrás mia.

Todo marchaba según el plan, incluso me atrevo a decir que sabía de antemano que me sería fácil seguir el rutómetro, ya que marque los mismo ritmos que el año anterior y la experiencia y entrenamientos de todo un año sabía que me pondrían en una mejor situación de carrera.

Paso por Benaoján todavía con mucha luz. Conseguir ver Ronda de día era lo único que tenía en mente.

Correr para no perder. Me lo repetía sin cesar en muchas ocasiones. Había que apretar dientes si quería ver Ronda de día, porque me habían dicho que desde el kilómetro 90 se ve el Tajo, y lo tenía cerca, muy cerca, tan cerca que al final de aquella larga cuesta apareció. Tengo la imagen clavada en mi mente. Una panorámica de toda Ronda, con los rayos del sol del atardecer bañando toda la alameda, el puente nuevo, la Ronda vieja y la moderna. Allí estaba, enfrente mía, y lo conseguí.

En esos pocos segundo que se tarda en cambiar el ritmo entre subir y bajar, pude mirar hacia delante y contemplar lo que muchos desean ver y este año no lo conseguirán. Me sentía un privilegiado por estar en ese momento en aquel lugar.

No paré, no saqué la cámara para inmortalizar el momento, no hacía falta. Lo tengo clavado en mi retina y siempre lo recordaré. Siempre que quiera verlo de nuevo, sólo tengo que cerrar los ojos y lo tendré, delante mia de nuevo. Ahora era el momento de ir a por el premio gordo: entrar en Ronda de día.

Miro la hora, son casi las 9 de la noche, me queda al menos 1 hora de luz y 11 kilómetros. Teniendo en cuenta que desde la cuesta del cachondeo hasta la Alameda son al menos 20 minutos, solo me dejan 40 minutos para 10 kilómetros. Misión complicada.

Llegó el momento, me digo. Ahora era el momento de correr para ganar, para ganarme, para ganarme Ronda. Había que intentarlo, llegar a las calles de Ronda de día o al menos sin usar el frontal.

Corono el Puerto de la Muela a las 21:39 con los últimos destellos de sol acompañando las últimas rampas. Sólo me quedan 5 kilómetros y el ocaso empieza a aparecer.

Justo cuando paso a los pies del Tajo, ya la luz era muy tenue, pero podía seguir avanzando por la cuesta del cachondeo sin problemas de visión y alcancé las calles de Ronda con las luces de la ciudad marcándome el camino hasta la meta.

La llegada como siempre, emotiva y espectacular, aún más por el momento que se pasa por Ronda con todas las calles llenas de gente animando y aplaudiendo. Ha merecido la pena apretar y sufrir los últimos kilómetros para sentir estos momentos.

Objetido Sub 12 conseguido

La magia de Ronda no termina cuando cruzas la meta. Quedaba una larga noche esperando a todos y cada uno de mis amigos cumplir sus sueños. Llegar el primero del grupo tiene la ventaja de que puedes vivir parte de los sentimientos que tu gente cuando cruza el arco de meta y yo, como cualquier otro miembro de los Bichos, no me lo quería perder, no me quería ir de la Alameda para ver a todos entrar. Y así fué.

Primeras luces del día esperando al último de los Bichos, donde los tiempos y ritmos dejan de tener valor, pasando a usar como armas de la batalla el coraje, tesón y constancia.

 

Mr M

 

 

 

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