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Nota para el lector: a continuación se encontrará las vivencias de un maratoniano primerizo convertido en ultra fondista primerizo con esfuerzo, constancia y fuerza de voluntad.

 Diciembre de 2013, acabo de participar en mi primera maratón y saboreando aún la satisfacción de haber cumplido mi objetivo de completarla en menos de 4 horas, me ronda la idea de buscar el siguiente objetivo.

 Siempre me había atraído la tan afamada carrera de los 101 km de Ronda (Málaga) así que decidí dar un pequeño paso adelante. Poco sabía de la carrera,  solo que eran 101 km, que la organizaba la legión, que solo unos pocos podían participar y que había una tal “cuesta del cachondeo” que casi nadie me sabía explicar por qué se le llama así.

 Entonces decidí preinscribirme y  buscar información en foros y blogs para tener una idea de lo que me esperaría.

 Lo primero que aprendí: coger plaza es de las cosas más difíciles en esta prueba. Unas 20.000 personas optan a 7.000 plazas disponibles entre marchadores, duatlón y BTM. Bueno, eso le daba un punto más de reto personal y de interés, así que adelante.

 Lo que aprendí tras la carrera: No te fíes de las crónicas que los demás escriben sobre esta prueba. Esta experiencia no se puede repetir.

 Si ninguna carrera es igual y cada persona es distinta, imagínate las probabilidades que tienes de que te suceda algo similar a lo que lees de otros. Intentemos calcular someramente cuánto de probable sería: simplificando los parámetros iniciales de partida, tenemos un número de marchadores individuales de 2.500 personas, si cada carrera es distinta para cada corredor, supone una matriz cuadrada de 2500×2500, lo que generan un total de 6.250.000 posibles soluciones.

Llevados al espacio terrenal, se generan en cada 101 esa cantidad de situaciones distintas que le pueden pasar a cada participante. Y si además añadimos  variables comunes que afectan a todos los corredores, tales como estados de forma física o condiciones atmosféricas, nos vamos a variables fuera de todo rango lógico de estudio. 

 Por tanto, ya que probablemente lo vivido en la carrera pueda que sea único e irrepetible, a continuación expongo mis vivencias personales y pensamientos racionales sobre esta prueba de resistencia física, pero sobre todo mental, porque si algo se demuestra cuando uno se enfrenta a este tipo de retos es que la mente domina el cuerpo, y es a veces la propia consciencia la que intenta engatusarte para que tires la toalla y abandones ese camino de baldosas amarillas que te lleva enfrentarte cara a cara con tus verdaderos límites y decidir si quieres seguir siendo el que empezó o superar tus límites personales.

  Foto 1.-Recorrido de la carrera para marchadores

  Foto 2.-Perfil de la carrera para marchadores

Capítulo 1.- Prueba de vestuario… y algo más.

 Una de las recomendaciones más repetidas por los que saben de esto de correr es “no hacer experimentos el día de la prueba”. Aun habiendo ya disputado muchas carreras estos últimos meses, para una carrera tan larga era una obligación tener todo previsto con tiempo. Así, a dos semanas de la prueba, participé en el II trail cara los tajos, una prueba de 29k puntuable para la copa de España de Carreras por  montaña FEDME, es decir, correr una prueba con los cracks nacionales en esto de subir montes.

 Preparé todo el material: mochila, ropa de cambio, kit de emergencia, geles, depósitos de hidratación  y todo lo que llevaría desde el km 0 en Ronda. Incluso la ropa que llevaba puesta sería la misma del día D. Sabía que en esta prueba iría a un ritmo mucho mayor que en Ronda, así que si superaba la prueba de vestuario ya tenía una cosa ganada y una preocupación menos antes de partir.

 El experimento salió bien, ninguna molestia por la ropa y la mochila, que la estrenaba ese día,  se comportó perfectamente. Para los interesados es la FL racevest de The North Face, mochila tipo chaleco que se adapta perfectamente a los movimientos de carrera. Una gran compra.

 Con una preocupación menos, llegué a Ronda con tiempo suficiente para recoger el dorsal y acomodarme en el Polideportivo, donde pasaría la noche del viernes y descansaría cuando volviera de la carrera el sábado.

Foto 3.- Tajo de Ronda. Espectacular como siempre.

A eso de las 22:00 h todo seguía según lo planificado: dorsal recogido, lugar para dejar el saco asignado, visita a la alameda para la cena de la pasta, fotos en el Tajo, mirada al horizonte imaginándome la carrera de mañana y vuelta al polideportivo para descansar lo máximo posible para estar a punto para mañana, que sería una larga noche.

 Foto 4.- Cena de la pasta ofrecida por la Legión la tarde previa a la carrera.

 Foto 5.- Todo preparado para el descanso del guerrero.

Bueno, pues aquí es cuando me doy cuenta de lo que realmente quieren decir los que saben de esto de correr cuando dicen “no hacer experimentos el día de la prueba”.

 ¿De verdad has probado antes todo el material para la carrera? ¿Todo? ¿De verdad? Pues no.

 Y me di cuenta sobre la media noche, cuando me desvelé porque mi cuerpo estaba completamente apoyado sobre la tarima del polideportivo. ¿Pero quién se podía imaginar que un colchón inflable recién comprado en Decathlon podía estar defectuoso? Probablemente, si yo fuera uno de esos que saben de correr, lo hubiera probado antes… pero no.

 Y allí estaba yo en medio del polideportivo, con 7 horas por delante para descansar sobre el duro parquet intentando coger la postura ideal para que el número de huesos en contacto con el suelo fuese el mínimo posible.

 Para más inri, al mirar alrededor durante mis múltiples giros, vueltas y posturas imposibles, veía al menos tres colchones Quechua iguales que el mío, recién sacados de sus cajas pero con una gran cantidad de aire acumulado y cerrado en su interior, sin saber sus dueños lo afortunados que eran en ese momento.

Capítulo 2.- “Empieza por el principio – contestó gravemente el rey -. Y sigue hasta que llegues al final. Entonces te detienes”.

 Son las palabras que dirigió el Rey al conejo blanco en el juicio contra Alicia. El bueno de Lewis Carrol quizás no sabía hace 150 años cuando escribió estas líneas que esas palabas definirían mi estrategia en carrera en mi primera Ultra.

 Sabía que viviría diferentes situaciones físicas y anímicas, unas arriba y otras abajo, que pincharía alguna vez que otra y que una prueba cuyo lema es “sufrimiento y dureza” tendría algún motivo para ello y habría de estar preparado para cualquier cosa.

 Así que pasara lo que pasara, no pararía. Si no podía correr, pues trotaría para recuperar fuerzas. Si no pudiera trotar, iría a paso de marcha ligera. Si no pudiera andar ligero, sería el momento de ir pasito a pasito, apretar los dientes y llegar a meta.

 Y finalmente pude comprobar que el lema de la prueba está perfectamente redactado.

 Primer round: La estrategia está funcionando.

Pasado Arriate,  sobre el km 32 el calor era ya insoportable en el ascenso al puerto Salinas.
Sobre las 14:30h,  con 38 ºC y el sol cayendo en nuestras cabezas muchos corredores pincharon, otros sentados aprovechando las pocas sombras o tumbados en los lados de la pista forestal con los pies en alto esperando a recuperarse, y mientras tanto el sándwich y el Donut del avituallamiento anterior tenían fiesta privada de saltos y piruetas en mi estómago, generando sensaciones de ir perdiendo fuerzas poco a poco.

 Desde la salida tenía claro que para evitar problemas con el calor debía beber en grandes cantidades, por eso llevaba desde el inicio 2 litros de agua (bolsa de hidratación de 1 litro en la mochila y dos bidones de 50 cl en la parte delantera del chaleco). Sobre litro y medio de agua e isotónica por hora es lo que me mantuvo en pie, esquivar el martillo del dios Ra y evitar caer a la lona como muchos corredores. Además, y por seguridad, en este tramo empecé a andar en las pocas zonas de sombra que había y correr ligero en las zonas de sol para salir cuanto antes de ese ascenso infernal.

 “Si lo puedes soñar, lo puedes lograr”. Estas son las palabras que rezaban una de las pancartas que familiares y amigos le dedicaban a uno de los corredores en uno de los puntos del trazado donde se agolpaba más público.

 Ya había visto antes esa frase de motivación, pero en esos momentos en los que estas al límite, donde debes estar concentrado y atento a todos los sentidos, esas palabras se transforman en pura adrenalina, que te hacen levantar el pecho, apretar dientes  e ir hacia adelante con la mirada fija en el siguiente hito.

Foto 6.- Subiendo a buen ritmo a pesar del calor, las piernas respondían bien en ese momento

 Segundo round: Recuerda a su majestad… y escucha a los demás.

 Parece ser que lo de comer en carrera no lo tengo dominado. Tras el siguiente avituallamiento con comida fría, km 58 en Setenil, empecé a sufrir de verdad. Todas las articulaciones me dolían, los cuádriceps empezaron a resentirse y lo de correr era algo impensable en esos momentos.

La tentación de sentarse y descansar era grande pero ya lo dijo su majestad: “…y sigue hasta que llegues al final. Entonces te detienes”. Desde luego este kilómetro no era el final del viaje, eso lo tenía claro.

 Foto 7.- Zona de descanso en Setenil, kilómetro 58

Así que tocaba volver al ritmo pasito a pasito, muchos corredores me pasaban corriendo y no podía más que mirarles con admiración, “¿En el km 60 y pueden correr? Estos van a hacer marca”,  me complacía yo mismo.

 Entonces escuché lo que un corredor de tantos que me pasaron le decía a su compañero,
“¿Te has tomado el Ibuprofeno?” ¡Claro, eso es! Pero si me lo dijo @surman1 (este es de los que saben de correr) que lo llevara encima por si acaso. No lo dudé un instante. Los dolores eran ya bastante altos, me quedaban muchos kilómetros por delante y todavía tenía la comida en el estómago, así que me tomé una pastilla y a seguir a mi ritmo endiablado: pasito a pasito.

 Tercer round: ¿Existe el croissant energético?

 Llegada al siguiente avituallamiento en el km 67 y pico. Ya de una forma metódica y sin pensar, seguía con la rutina de todo el día: saludar a los caballeros y damas legionarios, abrir la botella para llenarla de agua, beber agua de los vasos, abrir la otra botella  para rellenarla de isotónico, beber isotónico de los vasos, coger tres o cuatro trozos de naranja para tomar su vitamínico jugo… y para mi sorpresa, aquí también había dulces para amenizar el resto de subida.

 Ya se me había pasado el efecto de estómago nevera por la comida anterior así que, al ver un croissant con mirada magnum clavada en mí con esa pequeña lengua de chocolate asomando, lo cogí con pocas ganas y emprendí de nuevo el camino hacia el siguiente avituallamiento a proseguir con la rutina una vez más hasta el siguiente punto.

Mientras cogía de nuevo mi ritmo endiablado, iba pensando en el tiempo que hice el último tramo. “No, no puede ser. Lo calcularé otra vez… pero si son casi las 21:00 h todavía. No me lo puedo creer…”.

 Ya con las condiciones físicas  mermadas a esta altura de la carrera, ya iban 10 horas non stop, con algo de concentración pude repetir varias veces el sencillo cálculo de que si me quedaban unos 35 kilómetros y  mantenía el ritmo de la última subida, a 8 min/km,  podría llegar a Ronda para las 2 a.m., lo que significaría que podría bajar de 15 horas, algo que en mis mejores sueños solo me acercaba de lejos.

Con tanto hacer números del ritmo que tendría que llevar y mirar una y otra vez el perfil que me quedaba por recorrer, de repente me di cuenta que ya estaba a punto de llegar a la cota más alta de la carrera (puerto Chinchilla), a un ritmo bastante bueno, que no sentía dolor en las articulaciones, que mis cuádriceps parecían relajados y listos para la batalla, y que ya me terminé el croissant que cogí en el avituallamiento minutos atrás.

¿Qué me pasaba? Era una sensación conocida, como cuando vuelves a entrenar después de un tiempo de inactividad, con los músculos cargados de energía necesitando echar a volar cuanto antes para sentir esa sensación de velocidad y libertad que tanto se disfruta mientras se corre.

¿Qué tenía ese croissant? No tengo pruebas científicas, pero soñar con hacer realidad lo inalcanzable y un diminuto croissant puede crear energías de donde no las había. Doy fe.

“Habrá que hacer más pruebas en la siguiente vez que me encuentre esa delicia energética” murmuraba en voz baja mientras terminaba la ascensión.

Tenía claro una cosa en ese momento: tenía las mejores sensaciones desde que empecé la carrera. De hecho ni siquiera al principio pude rodar a gusto debido a la excesiva sobrecarga de hidratos de carbono, que me hacía avanzar como si tuviera piedras en los bolsillos.

No podía desaprovecharlo, así que me propuse llegar al Cuartel lo antes posible y recuperar algo de tiempo perdido en los dos pinchazos anteriores. En cuanto el terreno se puso más favorable (terminología técnica que no significa otra cosa que llano o cuesta abajo), empezó a aumentar mi ritmo, con una respiración constante y continua, muy concentrado en cada respuesta que me daba mi cuerpo ante semejante solicitud de esfuerzo a estas alturas.

 “!Perdón!, ¡Paso, que voy lanzado!”  No me lo podía creer. Estaba bajando a un ritmo genial y adelantando a muchos corredores que se tomaban la bajada para recuperar, mientras yo solo tenía en mi cabeza alcanzar el cuartel lo antes posible.

En los siguientes kilómetros, a la más mínima señal de posible calambre en los cuádriceps, me paraba, estiraba unos segundos hasta que se me pasara y vuelta a coger el ritmo croissant cuesta abajo.

Y aquí empezó el verdadero disfrute de los 101. Los mensajes de ánimo de mi gente los días previos a la carrera siempre iban en el mismo sentido: disfruta  pero corre con cabeza. Y eso es lo que estaba haciendo en este momento

Más de 10 horas corriendo, 70 kilómetros recorridos, el sol dejando los últimos rayos, una brisa fresca recorriendo los campos de la serranía y allí estaba yo, lanzado cuesta abajo con un control absoluto de mis movimientos, con la mente puesta en llegar al cuartel y una conexión entre mente y cuerpo que me ofrecía unas sensaciones geniales.

“!Venga!, ¡dale fuerte! Los que salen del cuartel antes de las diez y media hacen la carrera en 15 horas”- me gritó uno de los corredores mientras lo pasaba.

“No sé, no lo veo muy claro. Todos dicen que los 101 empieza a partir del Cuartel y esos últimos 25 kilómetros tienen dos subidas grandes”- me decía a mí mismo. A pesar de no estar muy confiado de lo que sucediera después del cuartel, la motivación que tenía en ese momento era tan grande que solo me preocupaba llegar antes de las diez y lo que viniera después, ya sería otra historia.

Apenas ya sin luz y con los ánimos de la gente que se agolpaba a la entrada del cuartel llegué al control a las 21:55 h. Perfecto. Todo pintaba muy bien para afrontar los últimos kilómetros.

Cuarto round: La confianza genera errores. La preocupación los evita.

 Era tanta la sobredosis de motivación que tenía en ese momento, que lo tenía claro: no cogería los bastones que tenía preparados, ni me cambiaría de zapatillas según lo planificado. Cambio fugaz de ropa para afrontar el fresco de la noche y rápida visita al comedor para tomar algo de comida caliente antes de partir.

La verdad es que apetecía quedarse un rato en el comedor del cuartel. Un buen ambiente se respiraba allí. Nos esperaba una bandeja con sopa caliente, arroz con tropezones, hamburguesa con patatas fritas, dulce y Coca-Cola fresquita. Un verdadero manjar después de alimentarse durante el día a base de geles, barritas de cereales, frutos secos y sándwiches de mortadela.

Pero la batalla seguía ahí fuera. Había que salir lo antes posible para perder el mínimo tiempo posible. Así que ingesta rápida de comida y a volver al camino.

  Foto 8.- Comedor del Cuartel para disfrutar la comida caliente en el km 77

La parada había sido corta, unos 30 minutos en total según lo planificado, pero ya los músculos se habían enfriado demasiado y empezaban a contraerse demasiado pronto.

“Bueno, seguiremos el procedimiento, me ha funcionado bien” – me animaba a mí mismo.

Así que toca pararse y estirar cuádriceps al más mínimo aviso, y a seguir adelante en la oscura noche.

A partir de este punto, las fuerzas empezaban a flaquear. Toda esa energía que tenía a la llegada al Cuartel se había desvanecido. La subida a la Ermita se me hacía eterna, y cada vez me adelantaban más corredores, signo de que mi ritmo croissant se estaba difuminando al igual que mis opciones de conseguir el reto. Ya tenía cada vez más claro de que no conseguiría bajar de las 15 horas.

A cada paso me acordaba de los bastones, que los dejé en el Cuartel porque pensaba correr y me molestarían. La inexperiencia en este tipo de pruebas se paga. Y yo lo hice en el peor momento. Por más que te lo digan, hasta que no se vive en persona y se comenten errores que te hacen pagarlo muy duro, no se asimilan de verdad y eso es lo que me pasó en toda esa subida, y quedaba todavía mucho por recorrer. Temía lo que me encontraría en la siguiente montaña.

Por fin coroné la Ermita. Desde luego mi ritmo pasito a pasito no es para ganar carreras ni conseguir retos, pero si para llegar lejos, despacio pero lejos. Había un puesto de protección civil antes de iniciar el descenso a Montejaque. Sabía que en ese punto de avituallamiento había café, así que les pregunté  cuanto quedaba para llegar. “Son solo 500 m de bajada y tienes el café calentito” – me dijo uno de ellos al preguntarle.

Esa bajada empedrada, con el estado en que tenía ya los músculos de las piernas me parecieron kilómetros, pero por fin pude agarrar el ansiado café calentito entre mis manos. Para no tomar café habitualmente, me pareció que lo había traído desde Colombia el mismísimo Juan Valdéz en su burro y que lo habían molido solo para mí.Pregunté a un legionario cuanto quedaba para Ronda y me dijo 14 kilómetros. Mi reloj marcaba la media noche en punto.

Una vez más, se me encendieron las luces de la motivación que se me apagaron al salir del cuartel. “Mucha cuesta debería encontrarme para no hacer 14 kilómetros en dos horas” me decía para convencerme. De nuevo mis ansias de conquista me ciegan de la realidad de la situación. Como dicen los que saben de esto de correr, la montaña pone a cada uno en su sitio. Me daría cuenta de cuál es mi sitio pronto.

Pero en ese instante la lógica pierde autoridad. Ya había que darlo todo. Era el momento. Era mi momento. “Quizás no me equivoqué demasiado por no coger los bastones” – le decía mi mente a mi cuerpo (el error de los bastones en la subida anterior parece que se me había olvidado ya, pero era cuestión de tiempo darme cuenta de la realidad); ahora a dejarse llevar cuesta abajo hacia Benaoján al igual que hice en el kilómetro 65 tras el croissant energético y así recuperar el máximo tiempo posible. Lo que me encuentre después ya lo subiré como pueda. Esa era la estrategia a seguir ahora.

“Mirad este como va, ¡pero si va sonriendo!”- escuché a uno de los lugareños concentrados en la calle principal al paso por Benaoján.

“Sí, es que me estoy reservando para los últimos kilómetros” – le contesté yo en modo irónico, porque las reservas ya dejaron de existir hace mucho en mi cuerpo.

“¡Eso es! ¡Así es como se debe correr! – me contestó entre  aplausos y vítores que iban in crescendo, contagiando a todos los congregados en ese tramo.

Que gran momento me hicieron vivir. Sin duda esos ánimos recargaron mis depósitos de motivación y consiguieron que durante todo el paso por el pueblo mantuviera un ritmo más que decente, pecho alto y cabeza erguida, disfrutando una vez más de esta magnífica aventura.

Quinto round: Recuerda que es una ultra, no lo olvides.

 Ahora tocaban las subidas que añadió la organización en el trazado desde el año pasado para que la prueba pudiera entrar en la Liga Rondeña de Ultrafondo.

Los números: 6 kilómetros de subida constante con pendiente máxima del 16% a partir del kilómetro 82.

 Resultado: KO técnico.

Mientras todavía estaba en medio de la subida, sin saber cuánto me quedaba para coronar y a sabiendas de que el reto de las 15 horas se había ido al igual que mis fuerzas me abandonaron en esta rocosa subida, empecé a darle vueltas a todo lo vivido hasta ese momento. Estaba contento por haberme vaciado, caerme a la lona en dos ocasiones, levantarme y resucitar igualmente otras dos  gracias al croissant energético, ilusión, concentración  y por supuesto al fenomenal ambiente de esta carrera.

Pero a la tercera va la vencida, ya los cuádriceps dijeron basta, esa pendiente de bajada me estaba matando y ya tenía que avanzar de forma lateral para al menos reducir algo los dolores en las piernas. Ahora sí que estaba viviendo el lema de la carrera: “sufrimiento y dolor”. Desde este punto, solo quedaba resignarme, ir poco a poco los 10 kilómetros que restaban y ver como uno tras otro, me sobrepasaban corredores que aun andando desaparecían de mi vista rápidamente.

Pasado el último avituallamiento sobre el kilómetro 96, ya la caminata nocturna tomaba un ritmo similar al de los demás corredores e incluso me ponía al lado de otros compañeros, entablando conversación y haciéndonos compañía sabiendo que lo de pensar en correr ya mejor lo dejábamos para otra carrera.

 Y por fin la famosa cuesta del cachondeo llegó. Con el majestuoso puente nuevo resplandeciente sobre el tajo de Ronda, dando brillo a la noche, imagen que muchos de nosotros deseábamos ver ya que significa que estamos a las puertas de Ronda. Se escuchan gritos a lo lejos, parecen venir de la Alameda. Probablemente habrá llegado algún corredor y sus familiares estarían dándole todo el reconocimiento posible por haber completado esta prueba, esta durísima prueba, que en unos momentos estas disfrutando, y que en otros estás hundido físicamente.

Foto 9.- Puente Nuevo visto desde los pies de la cuesta del cachondeo

Dejada atrás la última subida y pasando por la plaza de toros encarando la última recta, me viene a la mente lo que pensé esta mañana al pasar por este mismo punto mientras salíamos de la ciudad casi 17 horas atrás. Nunca se me pasó por la cabeza que no lo lograría, sabía que tendría problemas durante la carrera, y los tuve. Pero tenía la convicción de que si seguía el plan establecido, pasara lo que pasara, conseguiría volver a ver la plaza de toros de nuevo.

Ya solo era cuestión de minutos alcanzar el arco de llegada. Pensaba que lo conseguí, que ya nadie me arrebataba este triunfo, que me hubiera gustado hacerla más tiempo corriendo, pero sabía que me faltó entrenamiento de salidas largas para coger fondo y que todo el sufrimiento pasado era debido a ello, por lo que no podía pedirle más al cuerpo si yo no lo había entrenado para estos momentos.

Al fondo de la calle, veía ya gente animando a otros corredores a su paso, y que estaban corriendo. “Mira esos como corren, llevan el mismo tiempo que yo, los mismos kilómetros que yo y están corriendo, ¿y yo voy a ser menos? ¿Me he pegado una paliza en el cuerpo para llegar andando a la meta?”- fueron mis pensamientos a 300 metros de la meta.

Desde luego que no. Había venido aquí a darlo todo, a conocer donde estaban mis límites y superarlos, así que era el momento de intentar correr de nuevo. Y sí, volví a correr. Imposible no hacerlo con ese público animando a todo el que pasaba. Me demuestro a mí mismo una vez más que la mente es el músculo más importante de nuestro cuerpo, el que impone una dictadura e impone sus leyes sobre el resto del cuerpo.

 Capítulo 3. El arco del triunfo.

  Foto 10.- Sin palabras. 

  “Enhorabuena, no todo el mundo es capaz de lo que has hecho tú”. Estas son las palabras que me dedicó el legionario que me recibió en meta en el momento de colgarme el tan ansiado ladrillo, nombre por el que se conoce la medalla finisher por todos los cientouneros.

Foto 11.- El ladrillo

 Las palabras del legionario anónimo te llegan hasta lo más profundo, los sentidos están a flor de piel y después del esfuerzo empleado, pasar el arco de meta es como entrar en el Olimpo, codearse con los dioses por momentos, estar en una nube donde nada importa más que disfrutar de la sensación de haberte ganado a ti mismo. La distancia recorrida es lo de menos. Es la capacidad de sobreponerse a los malos momentos, de tener la voluntad de apretar los dientes cuando más falta hace y sobrellevar los malos momentos para no desistir de la conquista de tu propio destino. Y eso es lo que no todo el mundo es realmente capaz de hacer.

Capítulo final. La vida no es una caja de bombones Forrest, es una ultra maratón.

Alegría, sacrificio, dolor, sufrimiento, disfrute, pasión, recuerdos, preparación, aprendizaje, sentimientos,… si te digo que hablo de lo que te puede pasar en la vida o de lo que se puede vivir participando en una carrera de larga distancia estaría hablando de lo mismo, pero concentrado en varias horas. Eso mismo hace que pasar del dolor al entusiasmo en cuestión de minutos haga de esta disciplina algo grande.

Vivir cambios bruscos de estados de ánimo, de controlar la mente para que no te engañes a ti mismo, de tener que escuchar a tu cuerpo para cuidarlo, estar atento a sus estímulos, a sus avisos, respetarlo y mimarlo para que responda a tus necesidades, todo ello es aprender a conocerse mejor, aprendizaje valido para el día a día.

Mirando un año atrás cuando empecé a entrenar y prepararme para mi primera maratón, nunca imaginé que 5 meses después, tras terminar lo que pensé en su día que sería el reto deportivo más grande que pudiera conseguir, me encuentro aquí sentado escribiendo sobre una ultra que he completado y con ganas de seguir pasito a pasito hacia el siguiente objetivo, aún por determinar pero por seguro que intentaré volver el año que viene a Ronda para vivirla de nuevo y como indiqué al principio de este texto, ya solo considerando la probabilística, será una aventura completamente diferente.

  Foto 12.- Tras descansar, había que volver a la Alameda y recibir a los últimos marchadores en llegar, los verdaderos ganadores de la prueba.

 Foto 13.- La banda de la legión tocando sin cesar para recibir a los últimos en llegar a la Alameda.

Mr. M